Juan Pedro Ortuño, nuevo Rector de la ermita madrileña de la Virgen del Puerto


Juan Pedro Ortuño es el nuevo Rector de la ermita de la Virgen del Puerto, templo muy querido por los madrileños y que cobra ahora una dimensión especial, pues se dedicará de manera prioritaria a la pastoral familiar de la diócesis. A los matrimonios de hoy «les falta amor, pero amor hasta el extremo que nos mostró Jesucristo: hasta dar la vida», afirma
Nuevorector¿Qué va a ofrecer la ermita de la Virgen del Puerto a la diócesis de Madrid?

Además de seguir acompañando a las dos cofradías de la Ermita (Virgen del Puerto y Virgen de Sopetrán), nuestro cardenal, don Antonio María, ha querido vincular la ermita especialmente a la asociación pública de fieles Mater Dei, de la que soy Consiliario, y que preside Carmen Álvarez Alonso. La labor apostólica de Mater Dei se centra en el acompañamiento y formación de los novios, matrimonios y familias, algo que ya estamos realizando en cinco parroquias de Madrid y que ahora comenzará a realizarse en la ermita.

Precisamente, a esta ermita vienen muchos novios a casarse.

Sí, y a todos ellos les queremos ofrecer algo más que una boda bonita. A todos les queremos ayudar a prepararse para una vocación tan grande y bella como es el matrimonio y, más allá de la celebración de la boda, les ofrecemos la posibilidad de un acompañamiento personal y la participación en el grupo de matrimonios, para que comiencen su vida conyugal arropados por un ambiente que les ayude a crecer en el amor y en la fe cristiana.

Ofrecéis a las parejas, a los novios, un Itinerario de novios

Así es. A lo largo de diferentes encuentros, que abarcan un curso completo, profundizamos en la experiencia del noviazgo y en los temas propios de la vida conyugal, con charlas y momentos de oración. Queremos dar a los novios algo más que la preparación inmediata de una celebración litúrgica; y ayudarles a descubrir la belleza de la vocación al amor, vivida a través del sacramento del Matrimonio, sabiendo que este sacramento no termina el día de su boda, sino que es precisamente ahí cuando el camino del amor comienza de verdad.

¿Y cómo es la actividad específica con los matrimonios?

Tenemos charlas, ratos de oración, Ejercicios espirituales y mucha amistad… Nos inspira la visión de Juan Pablo II acerca del amor, el matrimonio, la sexualidad, desarrollada a partir de las Catequesis sobre Teología del cuerpo. Con ellas, Juan Pablo II descubrió al mundo toda la profundidad y la belleza de la vocación matrimonial. El matrimonio es una forma de vivir la vocación al amor, que no es otra sino vocación al amor de Dios. Esto quiere decir que en el amor a tu marido, a tu mujer, a tus hijos…, nos espera Dios mismo para hacernos gustar su mismo amor. El sacramento del Matrimonio es el lugar donde, día a día, se puede experimentar la presencia del amor de Dios. Es Dios el que da verdadero sentido al matrimonio.

Pero parece que hoy la institución familiar está en crisis, algo que reconoce el mismo Sínodo de la familia.

Este Sínodo responde a una gran inquietud y preocupación pastoral sobre la familia, no solamente por la repercusión que tiene en la propia vida de la Iglesia. Juan Pablo II ya daba la voz de alerta sobre este asunto, no sólo a los católicos, sino a toda la Humanidad, cuando afirmó que en el matrimonio y en la familia nos jugábamos el futuro mismo de la sociedad.

¿Y qué es lo que falta entonces a tantas parejas?

Yo creo que lo que falta, de verdad, es amor, pero amor de verdad. Nos hace falta entender bien qué es el amor, porque muchas veces lo confundimos con el afecto o el sentimiento, y terminamos por reducirlo a lo que sentimos y a lo que nos dictan nuestros estados de ánimo o nuestras ganas. Nuestro Señor nos enseñó bien lo que es el amor. Él mismo amó hasta las últimas consecuencias. Cristo, en la Cruz, no sentía el amor, no tenía esos sentimientos y afectos que tantas veces nos acompañan y en los que, en el fondo, vamos mendigando cariño y comprensión.

El amor, o se entiende en clave de comunión, de donación y de entrega, buscando el bien del otro, o se vuelve espuma entre los dedos, se queda enredado en la trampa del sentimentalismo. Pero, al mismo tiempo, este amor pide una acogida y una correspondencia. En el amor se recibe no sólo lo que me agrada y me complace, sino también la debilidad y las limitaciones del otro… Es eso lo que nos hace crecer en unidad y comunión de amor. Creo que falta amor, pero amor hasta el extremo que nos mostró Jesucristo: amar hasta dar la vida, que es también la manera de recibirla. Y en esto, y no en otra cosa, consiste el matrimonio.

Alfa y Omega Nº 897 – Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo