Me gustan las librerías de lance y viejo. Son lugares en los que el curioso siempre descubre algún libro o entabla conversación con un librero que luego resulta ser además viajero; incluso con algún librero me encontré que había sido alumno de un gran escritor argentino y ciego a quien le leía libros en tardes de asueto… Y luego está ese momento infrecuente e inesperado en el que uno encuentra las señales de vidas pasadas en ese libro arrumbado cuya lectura ha postergado durante semanas o meses: según avanza en la lectura aparece de repente, en una de las páginas, tal vez una foto con dedicatoria, un inservible billete de metro, alguna postal escrita o alguna nota de alguien a quien el libro perteneció alguna vez. Son evocadoras anotaciones de otras vidas que se desprenden con ese característico aroma de libro viejo, palabras de puño y letra de alguien que quizás ya esté muerto… o tal vez no. Y es entonces cuando a uno le entran unas ganas enormes de convertirse en detective de urgencia para averiguar quién estará detrás de esa nota, postal, billete o fotografía, ignorando que al leer, sin querer, uno también va dejando sus propias huellas para que a alguien futuro le urja algún día esa necesidad detectivesca de querer saber qué dedos hojearon esas páginas, qué ojos ojearon esas letras, en definitiva, de resolver el crimen de un libro olvidado.

Me gustan los libros viejos porque son muy novedosos; quizás los nuevos traigan la novedad de alguien que los escribió recientemente —aunque eso no siempre es así—, pero los libros viejos encierran la novedad del descubrimiento de una exquisita literatura que hace años dejó de escribirse. No, no todos los tiempos pasados fueron mejores, pero la prosa de esos grandes escritores preteridos de hace tantos años se me revela muy superior a toda esa exitosa palabrería literaria de entretenimiento, de lectura fácil y de venta rápida que impera en muchas librerías y demasiados grandes almacenes. Y no, no es que reniegue del libro nuevo —¡viva el libro viejo o nuevo!—, pero es que resulta que los libros que me atraen suelen estar descatalogados y sus escritores olvidados. Y a mí, que soy muy poca cosa, también me gusta jugar a dios —al menos por unas horas, días o semanas— resucitando esas voces de otros tiempos, arrumbadas en la sima del olvido, y como ensalmo susurrarle al libro que sostengo en mis manos: ¡Te devuelvo la vida! ¡Levántate y anda! ¡Cuéntame! ¡Cuéntanos!

Michael Thallium / Global & Greatness Coach / Facebook Michael Thallium y Twitter Michael Thallium