Era una mujer cultivada. Le habían arado el cerebro a conciencia y en aquellos feraces surcos de la cabeza habían crecido abundantes ideas. Ella procuraba regar y cuidar aquellas eras mentales para que la mies diera fruto nuevo en temporada. Y así lo hizo durante muchos años, hasta que con las propias manos oscureció su pelo cano, largo y crespo, de un tinte negro con el que pretendía recordar otros días de juventud. Fue por aquel entonces, cuando le apareció la primera cana, que perdió a su madre por primavera. No sufrió, doña Ticia. Su muerte fue tan rápida como inesperada. Pero a su hija le dejó un vacío tan hondo que solo supo llenarlo con las canas que le fueron creciendo una a una como el amor seco al borde del camino. Se quedó con su padre, don Nicanor Palencia, con un hermano díscolo que apenas a dos años de la muerte de doña Ticia se marchó de casa para no volver jamás. Al poco de la marcha del hermano, una señora a quien solo conoció ese día, tocó el timbre de la cancela de La Flecha y se deshizo de un paquete posándolo en los brazos de Caridad: «¡Toma! Esta es tu sobrina. Se llama Tomasa. ¡Ni me preguntes! Da gracias que te la he traído, porque tu hermano ni se lo merece», eso fue lo que le dijo la señora a Caridad. Y jamás volvió a verla. Parada en la cancela, aquella mujer cultivada, sintió cómo de repente las crenchas se le cubrieron de canas. Caridad Palencia miró a su sobrinilla, que no tendría más de un año, y asumió su destino: sin conocer hombre, le había llegado la maternidad, aunque para Tomasilla nunca dejó de ser su tía. Aquella noche, Caridad recordó otros días de juventud y su pelo se volvió negro.

Habían pasado 17 años desde que llegó aquel paquete. Don Nicanor había vivido feliz con su hija y con su nieta. Tomasilla tenía una especial complicidad con el abuelo, ya muy mayor. Era esa complicidad juguetona y casi de niños entre nieta y abuelo lo que a veces irritaba a Caridad, porque había dejado de ser hija para ser madre siendo tía. En silencio y con la renuncia como compañera, había criado a su sobrina y cuidado de su padre. Sí, con amor, pero con el callado sacrificio de quien observa y resuelve dificultades sin aplausos ni loa. «Tomi, ya va siendo hora de que pienses que vas a hacer con tu vida. Tienes 18 años», reprendía Caridad a su sobrina. Nunca le había gustado el nombre de ‘Tomasa’, y por eso la llamaba ‘Tomi’, porque Tomasilla tampoco le parecía muy allá. Don Nicanor regañaba a Caridad. «Déjala, mujer. ¡Pero no ves que todavía es una cría y tiene mucha vida por delante!», decía. Luego nieta y abuelo se reían y Caridad se daba media vuelta con un enfado que poco le duraba, porque veía que su padre y su sobrina eran felices en La Flecha.

Don Nicanor calló enfermo y, mientras convalecía, le regaló a su nieta una cámara fotográfica que le había mandado comprar a Caridad. El abuelo le dijo: «Toma, para que esos ojos tan bonitos que tienes plasmen lo que otros no ven». Entonces le contó una historia de cuando era joven, mucho antes de conocer a Ticia, la abuela que Tomi jamás conoció. Nicanor Palencia hizo esfuerzo por recordar un tiempo del que ni su hija había oído hablar jamás. Se lo contó a la nieta como confidencia, un secreto que Tomi jamás desvelaría a nadie. «Hace muchos años me enamoré de una pintora francesa. Sabía pintar y plasmar lo que las personas no ven. Y me enamoré de ella. Jamás se lo dije. Me hizo un retrato y se marchó. El cuadro era hermoso, pero yo lo quemé porque supe que no podría compartirlo con la pintora que me había descubierto quién yo era, y yo quería ser feliz. Jamás volví a saber de ella. Se llamaba Beku Marniè», terminó confesando el abuelo.

La convalecencia de don Nicanor duró unos meses durante los cuales Tomi pasaba los días haciendo fotos, con una dedicación que sorprendió a su tía. Jamás la había visto hacer algo con tanto entusiasmo. El abuelo se recuperó y vivió algunos meses más. Y la sobrina de Caridad siguió haciendo fotos.

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«Lo que los demás no ven». Así se titulaba la exposición de fotografía. La sala estaba concurrida y muchas personas contemplaban con admiración todas aquellas imágenes. Esperaban a que llegara la fotógrafa, la artista que con un arte inusitado, extraño y cautivador, era capaz de descubrirle el mundo a la gente como si mirase a través de sus ojos, unos ojos tan bonitos… Entre el público estaba un coleccionista al que muchos artistas invitaban a sus exposiciones. Él había venido de muy lejos, pero no lo habían invitado. Quiso venir y pidió que le presentaran a la artista. Le habían llamado la atención dos fotografías. «Señor Bulsara, le presento a Beku Marniè», dijo el galerista. El coleccionista vio a una mujer que tendría unos 36 años; alta, de pelo largo y crespo. «Encantada de conocerle, señor Bulsara», dijo la fotógrafa. «No, sin duda, el que está encantado soy yo. Sus fotografías son… No sabría cómo explicarlo», le dijo el coleccionista con auténtica admiración. Recorrieron la sala intercambiando comentarios amables y sinceros. Cuando llegaron al final de la sala, el coleccionista se paró ante las dos fotos que le habían cautivado. En una se veía a un anciano sentado en un jardín y, junto a él a una mujer que seguramente fuera su hija. El anciano sonreía enigmáticamente, como encerrando un último suspiro de felicidad, y la mujer miraba como diciendo «por fin has encontrado tu camino». Al fondo del jardín se divisaba un letrero que decía: La Flecha. En la última foto, la única en blanco y negro de toda la exposición, se veía a una mujer de espaldas, a través de la puerta entreabierta de un baño, frente a un espejo. Con la cabeza un poco inclinada hacia un lado, parecía estar tiñéndose el pelo de negro. Al pie de la foto, podía leerse: Caridad. Entonces, el coleccionista no pudo contener más su curiosidad: «Mire usted, todas sus fotografías son excelentes, pero estas dos tienen algo… ¿Quién es ese anciano sentado en el jardín? Y esta otra foto. ¡Esta es la foto! Esa mujer de espaldas es como si quisiera oscurecer con sus manos todos los sueños a los que renunció por caridad. ¿Quien es? ¿Quienes son?» La fotógrafa sonrió como quien no desvela un secreto. Entonces dijo: «Él me dio la fotografía. Ella me dio la vida.»

Michael Thallium / Global & Greatness Coach

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