Tengo 32 años y desde que nací he vivido oyendo hablar de Afganistán, de Irán, de Irak, de Palestina y de Israel. Con mucha frecuencia, el nombre de esos países ha estado unido, por muchos años, al nombre de personas que unos consideraban líderes, otros dictadores, otros fanáticos, otros libertadores, otros terroristas… Hoy se ha dado a conocer oficialmente la muerte de Yaser Arafat y con él muere una parte de mi historia treintañera. No voy a expresar ningún juicio de valor sobre la persona que ha representado a un pueblo. No lo haré para no herir los sentimientos de quienes lo defienden ni de quienes lo detractan.

Releyendo algunos textos que escribí cuando ocurrieron los atentados de Madrid, en los que predije algunos hechos, concluyo que el paso del tiempo podía haberme quitado la razón. Sin embargo, aún habiendo pasado poco tiempo desde entonces, apenas nueve meses, el tiempo me ha dado la razón o, más precisamente, ha corroborado las predicciones. Sé que a toro pasado es muy fácil mostrarse valiente o ponerse a resguardo del burladero, pero el no haberme equivocado, me motiva para hacer ahora otra predicción, aún sabiendo que puedo errar en lo que diga.

Son muchos los que piensan que tras el fallecimiento de Arafat se abre un nuevo horizonte, que la paz será posible. Lo que no se dice es que son otros tantos los que piensan y desean que eso no ocurra. Por una mera cuestión de lógica individual y humana, que no matemática, concluyo que la paz en Palestina e Israel no llegará, ni la paz en Irak, ni en Irán, ni en Afganistán.

Soy de los que opina que la educación está para enseñar a vivir y que todo educador tendría que aprender a vivir para enseñar. Teniendo en cuenta que en la mayoría de esos países la educación es algo casi “supersticioso” ⎯quien quiera que busque la etimología de esta palabra para saber a qué me refiero⎯, cuando no una educación con muchas carencias, pues resulta normal que la gente, como mucho, aprenda a sobrevivir más que a vivir. Una sociedad cambia por su educación. Si yo me educo en guerra y supersticiosamente, tendré guerra en mi vida y si no la tengo, quizás la eche hasta de menos o la provoque. La muerte de una persona no educa a una generación. La educación de los niños del mañana se hace hoy. Y muchos años tendrán que pasar para que algunas sociedades permitan que quienes las integran aprendan a vivir.

No me resultan esperanzadoras las razones que algunos dan para que llegue la paz entre israelíes y palestinos. Se podrán firmar todos los acuerdos que se quiera y celebrar todas las reuniones o conferencias necesarias para alcanzar la paz, pero ellos seguirán a la gresca. Palestinos e israelíes han tenido y tienen el vicio de la procrastinación: han creído tanto en poder alcanzar la paz mañana, que, “procrastinados”, son incapaces de alcanzarla hoy. Y mañana lo dejarán para pasado y pasado… pasado está.

Cuando yo tenga 64 años, el doble de años que tengo ahora ⎯y a saber si llego siquiera a los cuarenta⎯, quizás haya tenido hijos y mis hijos habrán crecido como yo oyendo hablar de todos esos países, de todos esos nombres de personas salvadores para unos y asesinos para otros. Entonces, solo entonces, quizás pueda yo volver a hacer otra predicción mas halagüeña y la paz sea algo más cercano: todo dependerá de cómo se hayan educado las personas que por ese entonces tengan 32 años como yo ahora. La educación, señores, es tan importante como lenta. Toda una vida. Yo me comprometo a aprender a vivir y a hacer que otros sientan pasión por aprender a vivir. ¿A qué se compromete usted? Usted prediga.

Michael Thallium / Global & Greatness Coach

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