NECROLÓGICA
Alfonso Pérez de Laborda (1940–2026): Carnalidad creyente
Con el fallecimiento de Alfonso Pérez de Laborda la filosofía española y la Iglesia
pierden a una de esas figuras difíciles de clasificar ya que desbordaba cualquier
etiqueta. Ingeniero industrial, teólogo, filósofo, sacerdote y maestro, hizo de su
vida un ejercicio de la búsqueda de la verdad, donde la razón y la fe no solo no se
contradicen, sino que se reclaman mutuamente para alcanzar la plenitud del
conocimiento.
Nacido en San Sebastián en 1940, realizó una gran formación académica
doctorándose en Ingeniería Industrial y, posteriormente, en Teología por la
Universidad Católica de Lovaina. Su derrotero intelectual estuvo marcado de
numerosos matices: el rigor científico del ingeniero, la profundidad especulativa
del filósofo y la mirada creyente del teólogo. Fue profesor en la Universidad
Pontificia de Salamanca, colaboró con la Universidad Católica de Lovaina y, desde
finales de los años noventa, desarrolló una fecunda labor docente en la
Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid.
A los que fuimos alumnos y amigos suyos, nos invitaba constantemente a pensar
sin miedo, sin separar ciencia, filosofía y teología. Alfonso defendió la unidad de la
verdad y la capacidad de la inteligencia humana para abrirse al misterio del ser
humano, a través de la experiencia que denominaba “de la carnalidad” y,
finalmente, al misterio de Dios. Libros como Pensar a Dios. Tocar a Dios, Filosofía de
la misericordia o Una mirada al ser son testimonio de una reflexión inédita,
profundamente cristiana y, al mismo tiempo, abierta al diálogo con el pensamiento
contemporáneo, pero con una convicción profundamente cristiana: la verdad se
recibe humildemente como un don que interpela toda la existencia.
Como sacerdote vivió también con ponderación y fidelidad su vocación. Nunca
buscó protagonismos. Colaboró en redes sociales comentando el Evangelio de cada
día, dándole su impronta personal. Su ministerio estuvo al servicio de la Iglesia a
través del estudio, la enseñanza y el acompañamiento, recordando que la fe nunca
exige renunciar al pensamiento, sino llevarlo hasta la más alta trascendencia.
Los que fuimos alumnos y amigos suyos, no olvidamos su insistencia de que el
pensamiento corre el riesgo de quedar reducido a la inmediatez o a la opinión. Por
eso, Alfonso Pérez de Laborda, representa la figura del intelectual cristiano:
alguien convencido de que la razón humana puede elevarse hasta las grandes
cuestiones sobre el ser, la creación, la persona y Dios, sin perder nunca la humildad
ante el misterio.
Hoy damos gracias a Dios por su vida fecunda, por sus enseñanzas y por su
testimonio sacerdotal. Queda su obra escrita, quedan sus discípulos, quedan sus
relaciones de amistad, y permanece el ejemplo de una existencia entregada a la
búsqueda de la verdad.
A la Virgen María también dedicó también su inteligencia y su sacerdocio. Así, en
uno de sus comentarios del Evangelio decía, con su lenguaje peculiar: “María, la
llena-de-gracia, está ya en aquel lugar trinitario, sin demora que, tras el paso de la
muerte, alcanzó ese lugar. Y allá se muestra en todo su esplendor la belleza de su
gracia. Se muestra a la Trinidad Santísima, pero también se muestra a nosotros,
todavía en este valle de lágrimas, para que conozcamos el camino que ha de
´arrecogernos´, amparados y sostenidos por la gracia que su Hijo nos alcanza”. Que
Ella le conceda ahora contemplar, cara a cara, la Verdad de Cristo que durante toda
su vida buscó con pasión.