Todos hemos visto alguna vez en nuestra vida las letras de ese alfabeto tan peculiar que se llama «cirílico». Pero ¿sabías que su nombre se debe a los hermanos Cirilo y Metodio, los dos monjes que, en el siglo IX, evangelizaron la Europa de los Balcanes?
Ellos habían oído la llamada de Cristo: «¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos». y no era exageración. Era una labor difícil para dos cristianos, solos en medio de una multitud ruda. Habría que redactar catecismos y enseñanzas para que el anuncio llegase a todos? Y entonces, precisamente, surgió el mayor de los escollos: aquellos hombres eran analfabetos; desconocían por completo el maravilloso invento de la escritura. ¿Cómo plasmar la catequesis de modo que nada se perdiera, cómo divulgarla con fidelidad para que alcanzase rápidamente a territorios tan vastos? Y, peor todavía? ¿Cómo traducir en letras sonidos tan extraños como los que formaban el lenguaje de aquellos hombres?
Esa es la razón por la que inventaron un alfabeto capaz de dar forma escrita a sonidos hasta entonces inauditos. Emplearon algunas grafías griegas y otras latinas; de este modo surgió el enrevesado conjunto de letras que conocemos. Aquellos hombres no comenzaron a leer, como nosotros, diciendo: «la «m» con la «a», «ma»», sino diciendo «Padre nuestro, que estás en el cielo». Una fe así aprendida tenía que durar; había sido arraigada muy hondo.
Así es como tiene que arraigar la Palabra de Dios en nuestro corazón. Tanto que suceda como nos pide Jesús, que no llevamos ni bolsa, ni alforja , ni sandalias. Porque con Él en el corazón lo tenemos todo y no necesitamos nada más. Esa es la experiencia de los misioneros que van por el mundo entero para evangelizar a las gentes y pueblos más diversos. Como Pablo y Bernabé en la primera lectura de la misa de hoy. Ellos comprendieron que el Señor los enviaba a evangelizar a los gentiles. Que así se cumplía en ellos la profecía de Isaías: «Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra».
Encomendamos a la intercesión de estos dos santos el cuidado de la fe en los pueblos de Europa Oriental, pero también oramos hoy por todos los padres, catequistas, y educadores que han sido bendecidos con la tarea de formar en la fe a los más niños: ya está bien de «la «m» con la «a», «ma»», No hay nada como sembrar en su corazón la semilla de la Palabra y esperar a que brote y de fruto hasta ver en ellos a nuestros santos de hoy. Que ellos, y María, la Reina de los apóstoles, nos enseñen que de nada sirve educar si no se educa para Cristo.