Comentario diario

Jesús nos libera de nuestras parálisis

La historia del deseo de Israel de tener un rey, como el resto de naciones, tiene mucho que enseñarnos. En primer lugar, no eran como «todas las demás naciones». Habían sido elegidos de forma única por Dios. Sin embargo, en este pasaje de Samuel, Samuel ya es viejo y nombra a sus hijos jueces de Israel. El versículo anterior a lo escuchado en el día de hoy, nos dice: «No anduvieron en sus caminos, sino que se apartaron tras la ganancia, aceptaron sobornos y pervirtieron la justicia». Por eso, los ancianos le pidieron a Samuel que les diera un rey como las otras naciones. Entonces, Samuel llevó la cuestión al Señor en oración. Y el Señor le dijo: «Haz lo que te piden y dale un rey». Y, a pesar de las advertencias del profeta Samuel sobre lo que iba a suceder, ellos respondieron: «No, insistimos en tener un rey para ser como las demás naciones».

Ahora, el Señor les permite ejercer su libertad. Y, por su misericordia, lo convierte todo en bien. A pesar de los problemas que surgirán con Saúl, David terminará siendo rey y se cumplirá el plan del «Hijo de David», el Mesías. Este es el misterio de la libertad humana y la providencia amorosa de Dios, también en nuestras propias vidas.

El salmista, también voz profética en las Sagradas Escrituras, canta en este salmo el pacto que el Señor hace con David. Estamos invitados a sumarnos a su canto. Él es el guerrero que será levantado. De su linaje nacerá el verdadero Guerrero, Jesucristo, el Hijo de Dios.

El evangelio de la eucaristía de hoy nos habla de la curación del paralítico, un maravilloso milagro de Jesús, una señal del Reino que se inauguraba en su ministerio público. Pero los amigos del paralítico también nos dan una lección. No fue fácil llevar a su amigo hasta Jesús. Cuando quizá otros habrían abandonado, ellos no lo hicieron. Fue su persistencia, su fe sincera y la humildad del paralítico lo que conmovieron el corazón de Jesucristo. Este tipo de oración activa debe ser una inspiración para nosotros.

Finalmente, topamos con el mal ejemplo de los escribas. Es interesante que dijeran: «Solo Dios puede perdonar los pecados». No lograron ver que el que obró el milagro era, en efecto, el Mesías de Dios y que el reino que tanto anhelaban se estaba inaugurando en ese gran acto del Señor del Amor.

En cierto modo, todos somos paralíticos, impedidos por nuestros propios pecados o por nuestra ignorancia para encontrar la curación que está a nuestro alcance a través de Jesucristo. Él no está muerto, está vivo. Y su vida divina y su gracia nos alcanza a través de los sacramentos. Necesitamos redescubrir la auténtica amistad cristiana entre nosotros y ayudarnos unos a otros a llegar a Jesús. ¿Cuándo fue la última vez que te pusiste en contacto con un hermano o hermana, quizá con algún tipo de crisis, y rezaste con él o ella? O, ¿prometiste llevarlo a la Eucaristía? Esa clase de acciones ponen en práctica la fe. Aprendamos de este pasaje evangélico y sigamos a Jesús, llevando a nuestros amigos con nosotros.