17ABR 2026
El dalle y la alloza


Que vivimos en el siglo XXI lo sabemos todos los que estamos vivos. Uno mira la pantalla del teléfono móvil, toca un botoncillo para que se ilumine y ahí aparece la fecha de nuestros días: viernes, 17 de abril de 2026. Saber la fecha y otras muchas cosas está al alcance de la mano, igual que saber el día en el que uno vive. No ha sido así durante muchos milenios. Pocos hablan ya de los maitines o laudes, esa hora a la que el sol se despereza y comienza su ascenso, ni de la prima ni de la tercia ni la sexta ni la nona ni las vísperas ni las completas. Ahora nos pegamos el madrugón o nos levantamos a las 06:00 h, empezamos a trabajar a las 09:00 h —o antes—, quizás hacemos una pequeña pausa a las 12:00 h, a las 15:00 h andamos soñolientos, a las 18:00 h, con suerte, llegamos a casa y, ya de noche, nos acostamos  —si es que las distracciones nos lo permiten: la televisión, el móvil, las redes sociales…— cuando el cuerpo ya no nos da para más. A nadie se le ocurriría decir «te veo mañana a la nona» o «quisiera besar tus labios a las completas y ver tus ojos a los maitines» o «nos tomamos algo a las vísperas». La mayoría no lo entenderíamos. Ahora somos muchísimo más precisos, nos gusta la precisión. Quedamos a las 12:15 h en la Plaza Mayor y si vemos que llegamos dos minutos tarde, escribimos un mensaje —mejor aún, enviamos un audio, ¡para qué escribir!— para hacer saber que llegamos con retraso, que estamos llegando…

La imprecisión nos confunde. Qué pensaríamos si nuestro jefe nos dijera lo que el señor de Bonastre y Guerau, don Arnau, le ordenó, allá por el siglo XIII, a su caballero y prisionero don Joan Galba: «Os permitiré bajar a Vic y arreglar las cosas de vuestra casa, pero deberéis darme vuestra palabra de volver en el plazo de tres días. Si así lo hacéis, os dejaré partir tan pronto como sea posible, a condición de que tres días después, antes de vísperas, volváis al castillo y os entreguéis a mí de nuevo como prisionero». ¡No, renó, y recontranó! A mí dígame usted la hora exacta —¿las 18:00h, las 18:15h, las 18:30h?—, que no quiero problemas. Eso si no me escapo antes, que ya se sabe que el buey suelto bien se lame.

Cierto es que no vivimos ya en un sistema feudal y que el cristianismo —en general las religiones y algunas tradiciones— parecen cotizarse a la baja. Los Estados democráticos laicos, aconfesionales y asépticos —aunque muy politizados e ideologizados—, de Occidente pretenden, no sin argumentos, rastrojar de la cosa pública los más de veinte siglos de tradición cristiana. Creemos que quemando el rastrojo de la tradición, cultivaremos otras nuevas que darán un fruto más moderno, renuevos más de nuestro tiempo. Pero la mayoría de las veces, las cosas del ser humano —y más aún las de la naturaleza— no funcionan así, porque obviamos que la tierra es fértil gracias a la sangre y las lágrimas que derramaron sobre ella quienes nos antecedieron, porque «escrito está que una cruel necedad esclaviza desde siempre a los hombres y les lleva a convertir su historia en mal sueño de dolor tenebroso y estéril», así lo dejó dicho muy acertadamente quien narró la historia de aquel señor de Bonastre y Guerau —tiránico y clemente, lúcido y ofuscado— y de sus caballeros y amigos don Bertrán Guerau —desdichado—, el cabal y un tanto frío don Bernat Armengol, el hereje piadoso don Guifré de Castelnau, el tan noble como vesánico don Ot Berenguer, don Joan Galba, el platero metido contra su voluntad en la caballería, el médico judío Vidal Girondí, el fiel halconero Laudes; y aquellas mujeres  presentes y silenciosas, sometidas o altivas, que uno nunca sabe si quien se somete es orgulloso o si quien tiene orgullo jamás termina de someterse del todo, Elisenda Guerau, Tibors de Fenal, Margarida la de Pere Galba, Sibila de Armengol; y luego esos hijos, como Caín y Abel, don Raimon Amat y el opresor don Oliver Ull Blau, quien tenía un ojo negro y otro azul que le daba nombre.

Sí, vivimos en la precisión, aunque nos agobie. No sabemos distinguir el toque de campanas, pero manejamos a la perfección el dedo pulgar para deslizar vídeos breves que nos entretienen hasta las tantas de la madrugada, a veces hasta los maitines. 

No sé por qué, ahora que voy terminando, me viene a la memoria la imagen del poeta Antonio Cabrera. Allí lo veo, caminando por la sierra de Espadán, contemplando los campos, conjeturando cuántas gentes los labraron y dallaron a lo largo de los siglos. Ahí lo imagino, sentado a la sombra de un allozo admirando la imprecisión del tiempo antiguo, ponderando el minuto y el año. Y él imagina a un campesino, a un payés, con el dalle segando hierba y grano. Ahí lo tenéis a Antonio Cabrera. Toma una alloza de las que están por el suelo y, usando dos piedras, parte el duro y leñoso endocarpo para sacar el alimento de su mandorla. Pura vida. Me pregunto ahora si el pobre Antonio llegó alguna vez a leer la historia del señor de Bonastre y Gerau, si alguna paloma le habló de la vida y de la muerte. Entonces me da por pensar que la muerte y la vida son, quizás, como el dalle y la alloza.



Michael Thallium

El dalle y la alloza


THALLIUM, MICHAEL. (2026). El dalle y la alloza. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV160). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/04/el-dalle-y-la-alloza.html

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