Comentario diario

Permanecer unidos a la Vid

?Yo soy la vid y vosotros los sarmientos?. Con esta imagen Cristo quiere descubrirnos la especial relación que establece entre Él y cada hombre. La humanidad de Cristo es la mediación querida por Dios para hacernos llegar su vida misma. Por tanto, en la medida en que estemos unidos a Cristo la vida de Dios anima nuestra vida. ?La rama unida y articulada al tronco da fruto no por su propia virtud, sino en virtud de la cepa: nosotros estamos unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; por eso las buenas obras, tomando de él su valor, merecen la vida eterna? (San Francisco de Sales, ?Tratado del amor de Dios?).

Esta vida divina la recibimos por Él, que es la vid, a través de los sacramentos. Somos unidos, injertados por el bautismo; pero es preciso permanecer unidos a Él por la oración y los sacramentos No basta estar cerca; sino unidos, hechos uno con El. Permitir que su vida transforme la nuestra: dar frutos de vida eterna. La gracia renueva al hombre desde dentro, y le convierte – de pecador y rebelde – en siervo bueno y fiel (cfr. Mt 25, 21). ?El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante? de caridad y se transforma en don para los demás. Unidos a la vid nuestra vida dará frutos de vida eterna, de bienaventuranza. ?El creyente que se alimenta de aquel cuerpo inmolado y de aquella sangre derramada, recibe la fuerza de transformarse a su vez en don? (San Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones 2000). Como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente, podados por la palabra del maestro, si están profundamente unidos a él, se convierten en sarmientos fecundos que producen una cosecha abundante

En la primera lectura de la Misa, se nos muestra cómo desde el primer momento en la vida de la Iglesia surgieron confrontaciones entorno a la necesidad de algunas tradiciones, como la circuncisión, y guardar la ley de Moisés. La Iglesia desde el inicio no ha dejado de enseñar la absoluta gratuidad de la gracia. ?La gracia de Dios no es tanto objeto de conquista, cuanto de disponible y gozosa aceptación, como para recibir un don, sin ponerle impedimentos. Esto es posible concretamente, ante todo, mediante una actitud de profunda oración, que lleva consigo precisamente entablar un diálogo con el Señor; luego, mediante una actitud de sincera humildad, puesto que la fe es precisamente la adhesión de la mente y del corazón a la Palabra de Dios; y, finalmente, mediante un comportamiento de auténtica caridad, que deje traslucir todo el amor, del que nosotros ya hemos sido objetos por parte del Señor? (San Juan Pablo II, homilía en la parroquia de Nuestra Señora de Coromoto, 15-III-1981).

Por ello, como nos dice el Espíritu Santo en la Carta a los Hebreos, ?quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia? (He 12, 1b ? 2) Una lucha personal por apartar de nosotros lo que nos aparta de Él, que está sostenida y animada por Dios mismo.

Que María, Nuestra Madre, nos mantenga siempre muy unidos esa Vid, que es su Hijo y nos regala la vida nueva.